Yo ya no veo la tele

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al sexto artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (VI). Yo ya no veo la tele.”

Un móvil que no deja de sonar, una información que circula compulsivamente, consejos incesantes para sobrellevar los rigores del confinamiento, van dando lugar, días después, a noticias dolorosas sobre muertes sin acompañamiento familiar, abucheos desde los balcones, cómo abordar la necesidad de niños y niñas, preocupación sobre el futuro… Asistimos a un escenario de desbordamiento: “yo ya no veo la tele”; desorientación: “¿y este otro aplauso para quién es?”, propuestas de evasión: “ocupa tu mente, escucha música, lee un libro, haz ejercicio”.

Muchas preguntas quedan en el aire, obturadas, sin poder ser pensadas; no hay espacio para tanto dato, la información no se puede procesar¿Qué nos supone no poder salir de casa?, ¿cómo nos afecta esta situación de emergencia sanitaria?, ¿qué nos pasa con el trabajo asalariado y los cuidados?, ¿cómo lograr esa calma y serenidad que tanto se reclama ahora, frente a la complejidad de lo que estamos viviendo?

Algunas consideraciones a compartir.

¿Qué pasa cuando no están los otros y las otras?

La situación y su relato sacuden hábitos y formas de vida. También inciden internamente y esto necesita ser identificado, hablado, puesto en palabras.

La etimología de la palabra comunicación nos remite a la idea de poner en comúnlo que implica un otro u otra, un ir y un volver, un salir de sí mismo, subrayando la importancia de tener en cuenta al interlocutor o interlocutora de esta ecuación, tan a menudo invisibilizada de la comunicación humana saludable.

La información genera emociones y las emociones son también información sobre quien habla y sobre quien escucha. Sin embargo, en la cotidianidad, muchas veces la información no se emite pensando ni en la necesidad de quien la recibe, ni en las consecuencias que tiene sobre las personas. Se emite de manera unidireccional. A menudo se limita a generar un clicaumentar el número de visitas, o como un escape a la tensión individual. Más que interrelación es inter-reacción. Se echa de menos la escucha y las preguntas “¿cómo lo llevas?, ¿cómo te sientes?”, sin saltar a dar consejos, obviando las preguntas y las respuestas.

El niño o la niña dice: “tengo miedo”, y el adulto le contesta: “no tienes que tener miedo”; los y las profesionales se reúnen telemáticamente, y de forma resolutiva toman decisiones sin expresar sus sentires, como si no pasara nada; los y las políticas se dirigen a la población sin contención de lo que su información genera.

¿Elaborar? ¿Eso qué es?

“¡Hay que ver! la vecina salió a comprar tres veces hoy”.

“Se prestan perros para pasear, a 100 €”.

“Dos semanas en familia, ¡qué bien! Pero…”.

“Estoy agotada…, pero tienes que aguantarte, es tu profesión”.

Elaborar lo que está pasando hoy conlleva poder encontrar un sentido a lo vivido, es como un proceso de “digestión”, de “metabolización” que se activa a partir de las palabras, de la comunicación entre personas. Es trabajar internamente para evitar respuestas reactivas, impulsivas o automáticas que no satisfacen las necesidades.

Este proceso implica abrir un espacio intermedio entre lo vivido, lo escuchado y la respuesta a lo vivido. Se trata de escuchar, identificarse con el dolor del otro o la otra, validar todos los sentimientos sin censura, poder sostener lo que esto provoca, aguantar la propia movilización, tolerar el tiempo del llanto, la queja, la rabia, sin apresurar respuesta. Luego vendrán elementos para la comprensión. Es importante no abrir aquello que no se puede contener. Por ejemplo, hoy podemos elaborar informaciones que desbordaban al principio de la cuarentena. Conviene tener esto en cuenta para la contención en la comunicación del día a día, cuando preguntamos a alguien cómo está, cuando alguien pide ayuda o consuelo, cuando se recibe una información.

En esta situación de catástrofe social es necesario escuchar lo que la gente tiene que decir, cómo recibe la información, cómo la decodifica y digiere. Conseguir calma será resultado de un proceso, no es una cuestión voluntarista.

La confianza que genera elaborar la realidad juntos y juntas es fuerza y potencia para enfrentar los desafíos de estos duros momentos.

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