Y… ¿después?

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al octavo artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (VIII). Y… ¿después?”.

“¿Cuándo nos dejarán salir?”, “parece que ya superamos la curva”… Son frases que se enlazan con la fantasía de que pase este evento y todo recupere su normalidad.

En un primer momento, la mirada se centró en el virus, los contagios, las medidas, las marchas y contramarchas con los test, el riesgo de la saturación sanitaria.

Cuando llegó el confinamiento, ese parar abrió un escenario de avatares de la convivencia: la conciliación con el tele-trabajo, el qué hacer con los niños y niñas, el inventar nuevas rutinas que debían suplir las habituales de la prisa cotidiana. Empezaron a hacerse más evidentes las desigualdades instaladas que se normalizan, como la diferencia de las viviendas (cuando no su ausencia), la inestabilidad de los puestos de trabajo, el paro, el papel del trabajo invisible de cuidados…

En algún sentido tranquilizaba pensar que era un evento sanitario, pero cada noticia sanitaria que expresaba la evolución de la pandemia era inmediatamente seguida de noticias sobre la situación económica: la incidencia en la bolsa de valores, los despidos, tímidas medidas presupuestarias más paliativas que estructurales, las decisiones a tomar con la situación de las y los autónomos, los alquileres…

En este estar, un clamor que se va haciendo cada vez más fuerte va resonando desde el sentir colectivo, expresado en el “¿y después?”.

Se abre la conciencia de que es una crisis no solo sanitaria, sino económica y social. Y los hechos que se ponen de manifiesto en el afrontamiento de esta situación hacen que aflore y sea más visible que vivimos en un sistema voraz e insaciable, que privilegia su lógica de acumulación sobre las necesidades de la población.

A escala planetaria se discuten, con actitud fríamente calculadora, los riesgos de contagios y muertes frente a los riesgos de la economía. Mientras tanto, las y los sanitarios de un sistema de salud recortado y entregado a los brazos del capital privado, realizan con heroicidad titánicos esfuerzos. Mientras tanto, la población vela en solitario a sus seres queridos. Mientras tanto, sentimientos de soledad e indefensión embargan a esas personas que perdieron el trabajo y están aisladas.

En el ámbito de las grandes decisiones, en pos de peregrinas defensas de la democracia, se ponen obstáculos en lugar de jerarquizar con generosidad la unión para atender la necesidad y la urgencia. En muchos casos se plantea buscar fórmulas para que el mercado laboral “no sea tan inseguro”, es decir, más de lo mismo.

Va quedando claro que una política neoliberal que se recuesta en los mercados, que se sostiene en una lógica de la desigualdad y de la precarización de muchos y muchas, que exigió recortes en la sanidad pública, diluyendo, así, el papel del Estado como garante de la salud de la población, no puede cuidar la vida, ya que eso no está dentro de su obscena lógica de obtención de beneficios.

Desgraciadamente, las personas también hemos sido colonizadas por esas mismas lógicas y somos nuestro propio enemigo, cuando esperamos “a ver cómo nos cuidan”, “a ver cómo nos solucionan”; cuando esperamos de quien no se puede esperar; cuando el consumo hace de “bálsamo que anestesia”. Denuncia un repartidor: “no paro de entregar en domicilios prendas de moda, productos de capricho. Acabo de recoger una devolución de una camiseta que alguien pidió online y ha decidido que no le queda bien. Yo también me expongo trabajando, entreguemos solo productos de primera necesidad”.

¿Qué hacer?… ¡Ahora es cuando!

Es importante unirse a las voces que abren la esperanza. Muchos hablan de la oportunidad “de no volver a ser los y las de antes”. Se perfilan vivencias de haber recuperado humanidad y conciencia de la necesidad de las demás personas. Se corren velos de la invención capitalista y se comprende, aún más, que el dinero y las endiabladas transacciones financieras son una ficción. Real, pero ficción al fin, cuando son presentadas como la única forma de organizar la sociedad.

Como sociedad tenemos una deuda. En Historia muchas veces no se llegaba a la Segunda Guerra Mundial. También cabe preguntarse ¿cuántos jóvenes de hoy estudiaron la crisis del 2008? Se han planteado falsas neutralidades, se demonizó la palabra ideología y se expropió el conocimiento de los aspectos macro-sociales, que permiten que una población incorpore la dimensión geopolítica en sus reflexiones cotidianas. Urge saldar esta deuda. No contar con elementos básicos para comprender los desplazamientos y maniobras militares en Europa en tiempos de coronavirus; no contar con elementos para explicarnos la deslocalización y feroz competencia internacional de los mercados que impiden el abastecimiento de un material sanitario, ahora imprescindible; no comprender los intereses geopolíticos que generan el desplazamiento de personas que buscan refugio, encontrando indiferencia y a menudo la muerte en el Mediterráneo… por solo poner unos ejemplos, deja sin entender la realidad que vivimos. Esta “ignorancia social planificada” hace que las personas se auto-marginen respecto a las decisiones que conciernen a los destinos sociales, y eso genera indefensión.

Es importante recuperar el papel de un Estado que coloque la vida en el centro, que defienda el bien común; desarrollar la participación activa para el necesario control social; recuperar ese conocimiento expropiado de las determinaciones económico-sociales; juntarse a pensar soluciones; muchos y muchas ya lo están haciendo. Se vienen tiempos difíciles solo llevaderos desde el abrazo hermanado y la fuerza colectiva capaz de instituir una sociedad más humana, más solidaria, más saludable. Ese “después” es una construcción de todos y todas.

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