¿Jugamos a las casitas?

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al octavo artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (X). ¿Jugamos a las casitas?”.

Unas mantas, unas sillas, alguna escoba, pinzas… no se necesita más para hacer casitas y crear algo donde antes no existía. Eso es jugar: una experiencia humana compleja, un espacio-tiempo particular donde, por nuestra sola voluntad e imaginación, transformamos la realidad desarmando, construyendo y habitando otros mundos y vínculos, sólo por el placer que genera.

La dureza de estos tiempos de encierro nos devuelve una capacidad expropiada o confinada a lo excepcional: jugar. “Jugamos a las cartas en familia por la noche, como en vacaciones”; “hemos sacado todos los juegos de mesa que teníamos olvidados”; “estoy recuperando el placer de emborronar con ceras, no me acordaba cuánto me gusta”; “ahora tenemos tiempo disponible y no podemos salir fuera de casa para entretenernos”.

Para quienes conviven con menores, jugar es una experiencia cotidiana, sentida de maneras diversas. A veces, pasándolo pipa (“llevo toda la tarde jugando con los críos gozándola”). Otras, desde la obligación, agobiándose por no disponer de tiempo propio para leer, descansar, desconectar (“nos tiene secuestrados: todo el día jugando”). En estos días, también, “compensándoles” el encierro con propuestas lúdicas y/o educativas (“ahora, a ser padre he tenido que sumar ser maestro, monitor y cocinero”). Casi siempre, sintiendo todo a la vez.

El sistema penaliza jugar. Por un lado, niega lo necesario que es (“es cosa de niños“, “no sirve para nada”), “cobra” el tiempo dedicado (“es una pérdida de tiempo”) o lo ningunea (“no es serio”); por otro, ofrece jugar como escape o evasión de la realidad cotidiana y sitúa a las personas como meras consumidoras (apuestas y juegos online, espectáculos deportivos). Afecta también la relación entre adultas y adultos y peques en el mundo del juego. A los adultos primordiales los pone en una tarea “educativa” en cuanto al qué y cómo jugar, expropiando el juego como una experiencia elegida, placentera, “improductiva”. A las y los peques, los coloca como demandantes constantes de atención y entretenimiento, clientes de un mercado que reduce las opciones, cada día más, a la pantalla y la soledad.

Pero entonces ¿qué es jugar?

Jugar es crear otros espacios, otros estados de ánimo, otras formas de ser y vincularnos. No es sólo “entretenernos” en casa. Quizá es tiempo de recuperar la manta, las sillas, la escoba, las pinzas y las ganas de construir casitas. Cuando jugamos, básicamente, nos relacionamos de otra manera con nosotras y nosotros mismos, con el resto de personas, con los espacios y objetos. Jugar siempre es un territorio de posibilidades ilimitadas donde crear, explorar, experimentar.

La primera elección es jugar o no jugar: ¿te permites entrar en ese espacio-tiempo particular, la Realidad Lúdica, que te ofrece el hacer casitas? Recuperar el juego y la actitud lúdica como experiencia de placer y libertad, como forma de afrontar nuestras necesidades de cercanía, de esperanza, de conexión, de manera creativa y colectiva, en estos días. Colectiva porque, incluso en soledad, siempre jugamos en compañía, con diferentes versiones propias y con la memoria, la experiencia y la presencia de otras personas y situaciones. Creativa porque jugar es siempre buscar otras formas y posibilidades para los objetos, personas y respuestas habituales. En ese proceso de atención y compromiso con el jugar, nos transformamos como personas.

La segunda elección es cuándo, a qué y cómo queremos jugar, porque no todos los juegos son iguales, ni generan lo mismo. Se puede, y es importante, elegir cuándo y cómo jugar tanto peques como mayores. Cuándo, porque no siempre es tiempo de jugar o de jugar en compañía. Y cómo, porque podemos jugar con diferentes papeles: como espectadores (“¡mira, mamá!”); como objetos inertes (poner el cuerpo y ser canasta de pelotas de papel, muñeca para peinar); como árbitros o mediadores; siendo una o uno más dentro del juego.

Juguemos a convertir los espacios en otros que nos gustan (una acampada en el salón; un día de playa). Juguemos a ser otras personas u objetos (un pirata, un camión). Juguemos en compañía o en solitario (a adivinar quién me enviará más mensajes hoy, a inventarles vidas y personalidades a mis plantas). Juguemos desde y con nuestros cuerpos (al escondite, a pintarse y dibujarse sobre el cuerpo, a hacer figuras con las manos).

Juguemos para que la actitud lúdica se haga vírica y contagie creatividad, autonomía y esperanza. Aprovechemos este tiempo para recuperar el juego, revalorizando el territorio de “lo inútil” y “lo improductivo”. Juguemos para re-crear y sub-vertir la realidad en que vivimos y las formas de vincularnos hacia maneras más humanas y transformadoras. ¿Jugamos a las casitas?

Otras noticias de interés

Disfunción eréctil – Artículo de Lola Salinas

Compartimos con ilusión y cariño el artículo de Lola Salinas, profesional especialista en el tema que ha integrado aspectos fundamentales de los que ha trabajado en el Centro Marie Langer en el marco de su rotación por el mismo.

Ciclo de Seminarios ProCC

En este Ciclo de Seminarios cortos pretendemos compartir síntesis de algunos temas que hemos trabajado desde el Centro Marie Langer durante los últimos meses en un espacio permanente de formación.