La dura experiencia de vivir una pandemia

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al primer artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (I). La dura experiencia de vivir una pandemia”.

Solo ha pasado poco más de una semana desde que anunciaron el cierre de los colegios en distintos puntos del país, y en estos pocos días parece que hubiera pasado un siglo. Nuestra vida cotidiana ha cambiado por completo, nuestras rutinas y modos de vida se han desbaratado, el dolor entra por nuestras TV y teléfonos, contamos los días de aislamiento, tratamos de saber, comprender y adaptarnos. Nos enfrentamos a una pandemia, algo impensable para cualquiera.

El confinamiento en un principio pudo parecer una medida exagerada, “no me lo creo”, “se están pasando”, “no es para tanto”… Pero el número de casos e ingresos iba creciendo. Cuantos más contactos, más contagios. Pronto nos dimos cuenta de la necesidad de la medida para evitar la saturación de los hospitales. Ya estábamos inmersos en una crisis.

Una crisis de salud pública no es sólo el problema concreto de salud. Implica muchas otras cosas, entre ellas la emergencia social, cuyos efectos se encuentran muchas veces invisibilizados.

La sanidad pública, muy castigada por los recortes en los últimos años, tiene que adaptar su funcionamiento a las nuevas circunstancias. Las decisiones de organización del sistema sanitario han de tomarse en el marco de una crisis, lo que implica una gran incertidumbre ante un devenir poco previsible, y sin que pueda contarse con todos los datos ni recursos que se necesitan. A su vez, la situación de grave peligro, de sentirnos en riesgo, nos impulsa a pedir soluciones mágicas.

Nos van pasando cosas, vamos enfrentando muchas situaciones en el día a día, sentimos miedo, inseguridad. Incertidumbre. Nos preguntamos ¿Cómo saldremos adelante?

Es necesario contar con espacios de reflexión sobre estas cuestiones para afrontar de forma comunitaria esta crisis. Pensar en la vida cotidiana de las familias, de los equipos profesionales, de forma particular de los y las sanitarias y de las personas que tienen que trabajar en condiciones muy difíciles. Reflexionar también sobre las implicaciones emocionales que todo esto conlleva y sobre nuestro lugar de responsabilidad en la comunidad.

Los profesionales de la salud sienten malestares. En estos momentos pueden sentir confusión y vivenciar intensas emociones, miedos, frustración, ira, ansiedad, tristeza. Emociones que tienen que disponer de canales de reconocimiento y elaboración para poder continuar con una tarea que requiere serenidad para actuar.

En lo cotidiano también se vivencian malestares “los niños/as no paran”, “tan pronto estoy triste, como me cabreo”, “no me aguanto”, “todos tenemos los nervios a flor de piel” “¿cuánto queda para salir?”, “el listillo del perro baja ocho veces al día”, me enfada que la vecina salga a comprar a diario cuando yo como de congelados para salir una vez por semana…”. Este conjunto de malestares que afloran a cada paso de nuestra vida cotidiana no se analiza ni se cuestionan, es como que “las cosas son así”, es cuestión de aguantar, se traducen en quejas, ansiedad.

La crisis que vivimos pone más al descubierto dichos malestares. Estos se relacionan con la crianza, los límites, los vínculos en tiempos de febril velocidad. El parar hace que todo aflore con más virulencia.

Frente a ello se reciben mensajes con un mandato idealizado, que los ocultan más: “aprovecha el estar en familia”, “ahora tienes tiempo”, “tienes que ser fuerte”; como si fuese fácil. Hay que dar espacio a la expresión y elaboración de lo que se siente.

Sin embargo, la expresión y gestión emocional se encuentra dificultada. Socialmente no se consideran los procesos de duelo ante los cambios. La inmediatez, la prisa y la negación juegan en contra. Se exige tener siempre un pensamiento positivo.

Ahora hay que atender lo más urgente y es importante tener tolerancia; ya habrá tiempo de trabajar otras cuestiones cotidianas. De todas maneras, en próximas entregas intentaremos centrar algunos criterios que puedan ayudar en este sentido.

La crisis del coronavirus nos desvela que las lógicas de mercado descuidan las necesidades humanas. Sin embargo, la solidaridad, lo comunitario, el cuidar lo colectivo, el reconstruir el tejido social, requiere de laboriosos esfuerzos. Hacerlo es tarea necesaria y urgente. Nadie puede atender sus necesidades, ni cuidarse o salvarse solo o sola.

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