Confinamiento, dulce confinamiento

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al tercer artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (III). Confinamiento, dulce confinamiento”.

Ya llevamos dos semanas desde el fatídico día en el que, casi de la noche a la mañana, comenzó el “encierro” de las familias en sus viviendas, sabemos que por el Bien Común. Y continuó así la vida, cual representación de la obra de teatro: “La vida cotidiana de la familia en el neoliberalismo”. Pero ahora, con todos los personajes en un solo escenario y sin intermedio, en un único acto interminable.

Quedarse en casa la familia, confinada durante días, puede ser un desafío donde se juegan la salud y el bienestar. Madres y padres enfrentan esta nueva cotidianidad preguntándose: ¿Seremos capaces de convivir en estas circunstancias sin tirarnos los trastos a la cabeza? Se atraviesan momentos complicados, con vivencias de desbordamiento, peso y agobio.

“No se puede estar tanto tiempo en casa con niños, es imposible. No aguantas”.

Muchos de los malestares que se manifiestan estos días de reclusión están relacionados con problemáticas anteriores no resueltas, que trascienden a cada familia en particular, porque son inherentes al sistema social en que vivimos.

Antes de que el mundo se pusiera patas arriba, la convivencia familiar ya mostraba muchos malestares cotidianos que, naturalizados, se vivían con resignación, asumiéndolos como “lo que toca cuando tienes hijos”. Esto es fruto, entre otras causas, del modelo de familia hegemónico del sistema capitalista. Los roles de género y los de madre y padre que de ellos se derivan, junto con los mensajes predominantes del neoliberalismo actual, dificultan construir una convivencia armónica y un crecimiento saludable. Sin embargo, en nuestras manos está cambiar el guion.

“Sé que hay que tener paciencia y todo eso, pero esto es realmente complicado”.

Hoy se multiplican los mensajes, siempre bienintencionados, sobre pautas y criterios para la crianza: mantener horarios y rutinas, cuidar higiene, jugar juntos, hacer manualidades, leer, cocinar, gestionar emociones… Pero ¿cómo ponerlos en práctica? Será necesario tener en cuenta algunas cuestiones sobre el crecer saludable para no caer en la impotencia.

Entendemos el crecer como un camino de sucesivos desprendimientos hacia la autonomía. Este proceso siempre implica ambivalencias y contradicciones a resolver: “Qué alegría, ya voy a la escuela; qué penita que me despido de mi papá”. “Qué bien, mi hija va de colonias; qué penita… ¿la cuidarán bien?”. Siempre hay algo que se deja, por algo nuevo que se conquista, esto significa que hay una despedida o duelo a elaborar. Nuestra tarea desde el lugar adulto, es favorecer ese proceso, sosteniendo con firmeza el límite, que le dará seguridad: “Es normal que sientas pena, se te irá pasando, ahí estás bien cuidada”. Implica procesar también la parte del duelo de la figura adulta.

En la práctica no es fácil. El sistema social en que vivimos dificulta este proceso, ya que, desde un modelo de sobreprotección y dependencia, se niega el dolor, imposibilitando hablarlo y elaborarlo, generando malestares que en la situación de “quedarse en casa” pueden verse exacerbados. Sin embargo, si comprendemos el valor de las sucesivas separaciones, será más fácil.

“Me noto que estoy más irascible. Es que no puedo ni ir al baño sola”.

Niñas y niños no necesitan presencia adulta permanente a partir de cierta edad y en función de las necesidades. Es beneficioso dejarles espacios que posibiliten conectar con su imaginación creadora. El espacio propio de cada miembro de la familia es necesario y saludable; delimitarlo adecuadamente puede complicarse en estas circunstancias (no es lo mismo vivir en una casa con jardín, que en un piso de 40 m2), pero siempre es posible.

“Ahora me reclama más; tengo que hacérselo todo”.

A veces cuesta no sobreproteger, y se le hacen las cosas, para terminar antes, desajustando los lugares donde niñas y niños ‘todo lo que quieren, pueden conseguirlo’. Si queremos construir una buena autoestima, es importante señalar que ‘todo lo que niñas y niños pueden, tienen que hacerlo’ (si pueden vestirse, bañarse, prepararse la merienda, hacer deberes…, deben hacerlo).

“Se lo digo mil veces, pero no hace ni caso”.

El límite es imprescindible para crecer. No es un castigo. Es para que crezcan, no para que obedezcan o por disciplina. Sabiendo que, como proceso saludable del crecimiento, puede que vuelvan a probar, pidiendo la confirmación del límite, la persona adulta tendrá que evitar no justificarse, no entrar en paridad, y no repetir las cosas muchas veces.

La situación actual es totalmente extraordinaria, y es necesaria la contención, pero sin confundirla con sobreprotección y sin abdicar del papel adulto. Sabemos que cuesta, pero es posible ir dando pasos, que generarán mucho alivio, y con ello contribuiremos a cambiar el guion hegemónico.

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