El torbellino adolescente en confinamiento

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al cuarto artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (IV). El torbellino adolescente en confinamiento.

Estos días vivimos una realidad atravesada por el dolor, la tragedia y los mayores niveles de incertidumbre. Cuesta poner la mirada en aspectos cotidianos, como son algunas cuestiones de la convivencia con adolescentes, en tiempos de “quedarse en casa”. Sin embargo, son temas que también preocupan y requieren de nuestra reflexión.

Al inicio del confinamiento, algunas madres y padres pensaron que podría ser la ocasión para compartir más con sus hijos e hijas adolescentes; otros se llevaron las manos a la cabeza, imaginando largas discusiones absurdas o, simplemente, el mutismo por respuesta.

¿Convivencia con adolescentes en el confinamiento? Igual, igual… o sea, poca“.
“¿Cómo lo llevamos? A punto de explotar”.
Pensé que no soportaría todo el día con mi madre, pero seguimos vivos“.
Esto tiene su parte buena, mis hijos en casa, sin posibilidad de escape”.

Un pequeño análisis sobre esta etapa de la vida, tan vilipendiada como idealizada, puede ayudarnos a evitar algunos malestares cotidianos con adolescentes, que se daban antes del encierro forzoso y que pueden darse exacerbados estos días.

Existe la idea bastante generalizada en nuestra sociedad de que la adolescencia es una mala edad, algo así como un sarampión que hay que pasar y aguantar. Al haber malestares en la mayoría de las familias, se normalizan como algo inevitable, cuando en realidad muchos de ellos son consecuencia del modelo hegemónico de familia. Este conlleva pautas de crianza encaminadas a generar más dependencia que autonomía y un desconocimiento de lo que significa esta etapa. La adolescencia no es una mala edad. Es un tiempo en el que ocurren procesos cruciales en la vida de una persona implicando cambios importantes en la dinámica familiar.

“¡Están insoportables!… ¡y ahora todo el día en casa!”.
“No me cuenta nada. Parece que todo lo que le digo le molesta”.

El despertar bullicioso de las hormonas sexuales en la pubertad anuncia, nada más y nada menos, que la adquisición de la capacidad de procrear y la habilitación de la sexualidad genital. Esto marca un cambio importante en la relación con adultas primordiales que acompañaron y guiaron los años de la infancia. Desde el modelo hegemónico de madre y padre, centrado en la vida de los hijos e hijas, cuesta despedirse del niño y la niña que fueron, aceptar que no controlan como antes y asumir el nuevo lugar, necesario por ambas partes. Es importante elaborar estos cambios, hacer el duelo de lo que ya no es y sostener los temores frente a lo adolescente. Así mismo, es imprescindible que los adultos centren la mirada en sus propios proyectos vitales.

“Solo lo veo en las comidas. No sale de su habitación-búnker”.

A partir de la pubertad, SALIR del “adentro” familiar es toda una asignatura, tan importante como las matemáticas. Nuevos vínculos significativos, nuevos espacios donde aprender a tomar decisiones, a estar con otros/otras, “ligar”, esbozar proyectos, entre otras cosas. De alguna manera, durante el confinamiento, ese “afuera” tan necesario en esta etapa, es esa habitación “búnker”. Si se comprende esta necesidad, se evitarán reproches, se facilitará una mejor convivencia, el y la adolescente se sentirán comprendidos, y será también más fácil la puesta de límites necesaria en esta edad.

Ahora sí, en el confinamiento, ¡deseando sacar la basura!“.

Compartir las necesidades del cuidado familiar es algo que se va construyendo desde la primera infancia. Pero este sistema social favorece generalmente que los adultos primordiales asuman las tareas domésticas y de cuidados, sobreprotegiendo y dificultando la autonomía y protagonismo de hijos e hijas. Paralelamente se reclaman “responsabilidades”. Esto puede exacerbarse en la situación de confinamiento. Entender que hay que salir de la sobreprotección y la dependencia facilitará la comunicación y la posibilidad de compartir cuidados.

No lo llevo mal, tengo suerte, mi hija me lo cuenta todo, somos muy amigas“.

Huyendo de modelos familiares autoritarios, muchas veces se da un lugar al adolescente que no corresponde, cayendo en situaciones de paridad que confunden y dificultan el crecimiento saludable. En ocasiones se plantean largas negociaciones cuando no se tienen claras cuáles son las necesidades en juego. Las y los adolescentes necesitan el lugar adulto como contención y referencia.

Las actuales condiciones de aislamiento implican grandes desafíos para toda la familia. No nos exijamos más de lo que era posible antes del aislamiento. Intentemos tener calma, sostener el lugar adulto y aprovechar las oportunidades que nos brinden las circunstancias para ir construyendo camino hacia la autonomía, en ambas partes del vínculo.

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