El individualismo contra las cuerdas

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al séptimo artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (VII). El individualismo contra las cuerdas”.

Ante el impacto de la dura realidad de enfrentar una pandemia se generan sentimientos inevitables propios de tan inédito proceso: miedo y sensación de peligro; incertidumbres frente a los cambios permanentes; impotencia al no poder medir consecuencias; desconcierto por informaciones ciertas que se entrelazan con falsas noticias.

Esto es así como parte de un proceso que hay que transitar. Y son de agradecer las informaciones sobre el virus y las medidas a tener en cuenta, las orientaciones para los difíciles momentos de pérdida de seres queridos, los cientos de consejos de rutinas necesarias para mantener la calma en el confinamiento, los links a películas y otros entretenimientos, los videos para mantenerse en forma.

Pero… aquí se pone en juego algo más profundo que se da por sentado y sobre lo que es importante reflexionar.

Se pone en juego la confianza en los y las demás; queda muy visible lo que en otros casos se soslaya, que es la interdependencia entre los seres humanos. Se pone en juego el bien común desde la responsabilidad colectiva, la cooperación, el abrazo social. Se requiere que seamos protagonistas activos en decisiones y acciones. Y podríamos decir que, en todo esto, la pandemia nos encuentra, como sociedad, un tanto “desnutridos” y urge fortalecernos.

En el sistema social en el que vivimos se plantea el progreso individual como fruto del desarrollo de un ser aislado, ajeno a las necesidades comunes. Sin embargo, se promueve su dependencia “natural” del mercado, cuya lógica impiadosa de acumulación, cargada de “recortes”, no sirve para cuidar nuestras vidas. La contracara, que se hace más evidente en situaciones como esta es la soledad y los sentimientos de indefensión.

Una de las máximas del individualismo es que la felicidad consiste en “maximizar mi placer y minimizar mi dolor”. Engañosamente parece adecuado, pero… ¿qué pasa si, en un momento de restricciones en el uso del agua, alguien llena su piscina y dice estar en su derecho, mientras una parte importante de la población, en el marco de las desigualdades, enferma de diarreas por falta de agua?

Algo parecido a cuando alguien se siente con derecho a dar un pequeño paseo, como si a nadir más se le pudiese ocurrir, pero ¿qué sucede si todo el barrio sale a pasear? Sencillamente se rompen los fines del confinamiento y perdemos todas y todos.

También lo podemos observar cuando se saltan las medidas de evitar desplazamientos: “había un control policial, pero busqué un camino secundario y conseguí llegar al pueblo”; o cuando se busca la rentabilidad individual vendiendo geles y mascarillas y tantas cosas más a precios exorbitantes. Esto, por poner ejemplos a pequeña escala.

Y lo peor es que solo reprochamos conductas individuales del vecino o vecina, sin reparar en que es un problema social.

Siendo individual es social, porque el sistema en que vivimos, en el marco del neoliberalismo, incide y hace “recortes” en aspectos de nuestra propia subjetividad. Se construyen vínculos más frágiles que nunca. La autoestima se juega en los “me gusta”. Se nos empuja a ser seres “conectados-desconectados”. Se exacerba la omnipotencia, se nos expropia la idea de proceso con la inmediatez del “todo ya”. Una vulnerabilidad no consciente nos apega a nosotros mismos y se nos debilita el vínculo con el semejante. Esto nos hace más indefensos y es importante trabajarlo.

Ello implica desandar el individualismo, recuperar el lazo social como seres sociales que somos, no solo para enfrentar la pandemia, sino para recuperar humanidad. En el hacer con los demás está la fuerza del estar bien, del bien-estar.

Ese desandar no es tarea fácil. Podemos empezar por algo muy a nuestro alcance.

Vamos a recuperar autonomía. La fragilidad está en la dependencia que niega nuestras capacidades. Sin darnos cuenta hemos ido regalando nuestra capacidad de decidir, porque el mercado decide por nosotros y nosotras.

Sintámonos parte. No nos quedemos en la falsa sensación de “alivio” cuando decimos: “se tomarán medidas”, “a ver los de arriba qué deciden”. Rompamos la fantasía de que un criterio a tomar está ya construido en algún lugar. Cada persona contribuye a crear los criterios en un proceso y desde los saberes de cada una.

Filtremos la información. No nos quedemos sin ella por saturación, esto sería una forma de anularnos.

Entendamos las medidas. Asumirlas desde la comprensión hace que su cumplimiento no sea una sumisión obediente y “ajena”, que nos hace sentir pasivos en el afrontamiento de la realidad. No es lo mismo decir: “a ver cuándo nos dejan salir” que “a ver cuándo podemos salir”.

Trabajemos en la educación de niños y niñas. La sobreprotección, la paridad y la dejación del lugar adulto solamente generan dependencia. Contribuyamos a desarrollar autonomía.

Es con otros y otras con quienes nos salvamos. La verdadera fortaleza está cuando pensamos nuestras necesidades en colectivo y nos ponemos manos a la obra.

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