Conversatorio: “Vida cotidiana y cuidado de la salud mental comunitaria”

El siguiente texto resume el Conversatorio sobre salud mental y Covid realizado en el marco del Observatorio de Salud Comunitaria el pasado 5 de noviembre de 2020, en el que participaron nuestras compañeras Mirtha Cucco, Ana Sáenz y Elena Aguiló.

Este Conversatorio se planteó como un espacio de reflexión a propuesta del grupo de trabajo en Salud Mental. Contó con la presencia de tres invitadas que pertenecen al Centro de Desarrollo de Salud Comunitaria Marie Langer.

  • Mirtha Cucco, Doctora en Psicología, Directora del Centro Marie Langer y autora de la Metodología de los Procesos Correctores comunitarios (ProCC).
  • Ana Sáenz, psicóloga, y Especialista ProCC, tiene una amplia experiencia de trabajo institucional en el servicio de Salud Comunitaria del Ayuntamiento de Bilbao.
  • Elena Aguiló, médica de familia y comunidad, Especialista ProCC y miembro del Equipo del CML, cuenta con una trayectoria de muchos años de trabajo en AP. Forma parte también de este Observatorio SC.

En el desarrollo de la exposición se plantearon, en primer lugar, algunos referentes necesarios para encuadrar la problemática.

Por un lado, la mirada a la Salud Mental se abordó desde una perspectiva que intenta superar reduccionismos que la sitúan preferentemente como dispositivo asistencial de segundo nivel,  que se ocupa de la enfermedad mental (¡cuántos problemas de ansiedad o trastornos del  sueño nos están llegando a la consulta!) y que se visualiza como algo que requiere asistencia médica o farmacológica individual.

Las disertadoras plantean que el estado de salud de una población depende de la mayor o menor capacidad social de leer, enfrentar y resolver contradicciones económicas, políticas y sociales de su realidad, por lo que cuidar los modos en que una población se enfrenta y actúa (en este caso frente a la pandemia), implica poder valorar sus recursos como población e implica una mirada de epidemiología social.

En este caso, la situación de emergencia social que detona la pandemia, con sus niveles de miedo e incertidumbre, junto a la necesidad de cuidados en interdependencia con todas las personas, requiere contar con una población activa, participante, protagonista. Para ello es necesario que la población cuente con elementos para la elaboración de un duelo social frente al cambio, y con el desarrollo de la confianza en los demás como conjunto social. Son cuestiones fundamentales para poder cuidar la salud mental de la comunidad desde nuestra concepción. Solo así se operativiza una perspectiva de salud integral comunitaria.Sin embargo, desde los imaginarios hegemónicos se “desconoce” esta dimensión amplia de salud mental, a lo que se suma la falta de herramientas y esto ha contribuido a que las estrategias de cuidado de la misma han ocupado un lugar secundario en la atención de la pandemia. En este sentido, se abordaron en el conversatorio dos conceptos clave: el de emergencia social y el proceso de duelo social.

La pandemia covid-19 nos pone en una situación de emergencia social [1]. Se producen como consecuencia de catástrofes, sean desastres naturales o las provocadas por el ser humano. Se caracterizan por colocar a toda la sociedad en una situación de pérdida de vidas, de bienes materiales y de lugares físicos reconocidos como propios. Les caracteriza: una particular sensación de peligro, una gran perturbación de la vida cotidiana, la alteración de normas y marcos de referencia en las relaciones sociales, alto grado de incertidumbre (en este caso con la covid-19, duración prolongada y evolución incierta), sensación de amenaza, física y económica, y provoca en las personas intensos sentimientos de indefensión. Las situaciones de emergencia social afectan a toda la población, y no solo a los damnificados más directos. Todos estos cambios precisan ser elaborados, es fundamental un proceso de duelo social que es el mecanismo del psiquismo para la adaptación al cambio.

Es un trabajo interno destinado a restablecer el equilibrio psíquico ante el cambio para la adaptación a la realidad (la situación de pandemia y sus implicaciones). Al psiquismo le corresponde realizar un trabajo penoso de elaboración, que es lento, paulatino, y cargado de dudas y ambivalencias. Requiere proceso y tiempo. Pueden reconocerse tres fases. En primer lugar, es fundamental el reconocimiento de realidad, de lo que está pasando. Posteriormente se congregan sentimientos diversos y, a veces, contradictorios. Surgen sentires y vivencias dolorosas que necesitan ser expresadas, escuchadas, contenidas, evitando tanto la catarsis como el silenciamiento.  Le sigue luego la capacidad de reparación incorporando (dolorosamente) los cambios habidos, y construyendo estrategias para el afrontamiento de su realidad. Estrategias que no serán solo personales, sino también colectivas.

Es necesario entonces que las personas puedan juntarse en actividades grupales y comunitarias, y compartir sentimientos y dolores propios de la situación social común, con metodologías que busquen favorecer su elaboración.

Sin embargo, el individualismo y la sociedad actual, niegan los procesos de duelo. Así, el malestar psicológico queda como un problema de cada cual, y tienden a implementarse salidas individuales y patologizantes del proceso.

Las ponentes, señalan por otra parte, la importancia de considerar lo que desde la Metodología ProCC, de la que se hicieron portavoz, denominan Normalidad Supuesta Salud, que remite a cosas que en la vida cotidiana se normalizan y no son saludables.Dichos  malestares estaban mucho antes del covid, son malestares propios de un modo de vida y que hacen al “estado de desnutrición” en que encontramos a la población en el ámbito de sus capacidades y recursos de afrontamiento. La pandemia los ha detonado, provocando que sean más intensos y sus efectos sean más visibles (prisas, inmediatez, convivencia y límites, cuestiones de género, etc., etc.). Es muy importante tener en cuenta estos malestares normalizados a la hora de hacer estrategias y no achacar a la pandemia malestares normalizados que subyacen a ella.

También las ponentes hacen un llamamiento a que el contexto macrosocial no sea olvidado cuando se analiza la realidad para realizar cualquier intervención, por chiquita que sea.

Las lógicas productivas que subyacen a nuestro modo de vida no cambian por la aparición de la pandemia. Al contrario, más bien se intensifican. Hay autores que nos advierten que:

La pandemia del coronavirus emergió abruptamente como un acelerador de los procesos de crisis/reconfiguración (ya evidentes en el capitalismo del 2020). En menos de cien días ocurrió lo que las fuerzas del mercado hubieran tenido que extender durante varios meses –¿o años?– de crisis, y con mayores costos políticos [2].

Señalan que los efectos socioeconómicos de la pandemia resultan funcionales a los procesos de concentración del capitalismo de hoy (con desigualdades crecientes a nivel global, con aumento exponencial del enriquecimiento y de la precariedad). De forma que su proyecto civilizatorio cada vez menos permite cuidar la vida y los cuerpos del conjunto de personas que habitan el planeta. Se constata que la pandemia del coronavirus colabora con el sistema, afectando principalmente a las franjas más desfavorecidas.

¿Cómo está la gente? ¿Qué le pasa? ¿Qué expresa? Fueron preguntas para acercarnos a identificar expresiones de malestares colectivos que deben guiar las intervenciones comunitarias en salud mental. Un primer momento marcado por la noticia de la pandemia generó sorpresa e impacto. El confinamiento cambió rutinas. ¡Y cayó la ficha! ¡Se estaba enfrentando una pandemia! Allí emergieron miedos e incertidumbres, desconcierto, pero con una cierta vivencia de promesa de la vuelta a la normalidad.

Luego vino la desescalada (y la segunda ola) que, lejos de cerrar un paréntesis, ha ratificado una ruptura en los espacios y tiempos, en los hábitos, en modos de relacionarnos, en la convivencia familiar, en el trabajo, en la supervivencia…  Lo telemático ha invadido hogares y tiempos, forzando aprendizajes y una “segunda ficha” relacionada con la dimensión de lo que realmente se está enfrentando está costando “caer”.

Se genera un nivel de agotamiento (fatiga pandémica) de la población, ya que todo esfuerzo sin direccionalidad, produce agotamiento e impotencia. Se observan actitudes de resignación pasiva, o bien una euforia negadora.

A su vez, la institución de la “nueva normalidad” implica un efecto tranquilizador nocivo que paraliza la acción adaptativa humana, creativa y reparadora al presentarse ilusoriamente como algo “ya acomodado y nuevo”. Esto niega algo que se desmorona y cambia. Lo que se nombra como “nueva normalidad”, más que normal es algo extraordinario, en movimiento, amenazante, donde se juegan niveles de sobrevivencia. Este estado de cosas hace que la incertidumbre y los miedos esperables y necesarios frente a la situación que se vive, se conviertan en vivencias más exacerbadas de indefensión, vulnerabilidad, perplejidad, y se provoquen estados de crispación, que generan trastornos de ansiedad, del sueño, dificultades relacionales…, por solo nombrar algunos indicadores. La falta de pedagogía, el papel que cumple la información que más  bien desinforma,  dificultan la elaboración colectiva de estos sentires.

Por otra parte, las ponentes insisten en la necesidad de una responsabilidad colectiva y en ese plano advierten que la pandemia encuentra una sociedad un tanto “desnutrida” en ciertas capacidades y urge fortalecerla. El individualismo imperante promueve cada vez más ser sujetos aislados con vínculos frágiles y dependientes. En este marco poblacional se pone muy en juego el papel protagónico del trabajo sobre la Salud Mental Comunitaria, para poder potenciar las capacidades de afrontamiento de la población.

En relación a algunas propuestas de intervención desde la Metodología ProCC, que apuntan a trabajar las necesidades de cuidado de la Salud Mental Comunitaria señalada, se presentaron los Espacios grupales de reflexión (realizados con su método de Grupo Formativo). Se llevan a cabo tanto como trabajo militante ProCC como desde instituciones públicas o desde el Centro Marie Langer.

En la intervención con grupos poblacionales, desde la Subárea de Salud Comunitaria del Ayuntamiento de Bilbao, y en el ámbito de actividades como Escuelas para madres y padres, grupos de adolescentes, talleres con profesorado y otros, Ana Sáenz nos comenta cómo incorporó, durante el confinamiento, sesiones propositivas para reflexionar en grupo acerca de cómo estaba afectando la situación de emergencia social a la vida cotidiana, a las personas, a los vínculos, etc. Esto fue valorado muy positivamente como espacios que ayudaron a elaborar con otrxs y con una profesional los sentimientos que desconocían que eran comunes: duelo, soledad, impotencia, etc. Les proporcionó calma y mucho alivio incluso, como algunxs señalaron, les hizo recuperar el sueño. “Una luz dentro del túnel”, “Esto nos organiza el cerebro”.

En la actualidad se están ofreciendo espacios de este tipo de manera militante con éxito de inscripciones.

En relación a la intervención con profesionales ¿Cómo contener, acompañar y transmitir calma cuando se está atravesadx por el miedo, la incertidumbre, los ERTES y la propia dureza de las condiciones de la labor cotidiana…?, expresan muchos profesionales.

En ese sentido, se han desarrollado experiencias al inicio de la pandemia con espacios grupales de reflexión dirigidos a profesionales de la salud, la educación y el trabajo social, a los que se les llamó EPIs emocionales. Fueron espacios en los que abordar cómo están, cómo se sienten en la situación actual, para poder elaborar y adquirir herramientas para la tarea que les permitan, entre otras cosas, hacer encuadres adecuados y ocupar el lugar profesional saludable, sin caer en paridades descontenedoras.

Todos estos espacios también fueron valorados muy positivamente ya que ayudaban a entender lo que estaba ocurriendo, tanto a ellas y ellos como a la población con la que trabajaban. Una frase repetida era: “Esto hay que trabajarlo con las familias, los pacientes…”.

Es necesario que los equipos puedan autogestionar lo nuevo, generar nuevos encuadres desde la comprensión de lo que está pasando y busquen asesoramientos cuando sea necesario.

Desde la propuesta de las profesionales invitadas y para el cuidado de la salud mental de la comunidad, se plantearon estas ideas fuerza, señalando la necesidad de:

  • Plantear espacios grupales de reflexión de profesionales y equipos para elaborar la situación actual y desarrollar herramientas.
  • Generar espacios grupales de reflexión de distintos grupos poblacionales para trabajar malestares de su cotidianidad.
  • Dar escucha y sistematizar los malestares vinculados a la cotidianidad de hoy dándole entidad a una epidemiología comunitaria.
  • Gestionar espacios de asesoría y supervisión para poder pensar entre todas y todos.
  • Dar entidad a la emergencia social que vivimos y a la necesidad de estrategias para la elaboración del duelo social.
  • Potenciar la articulación de lazo social en momentos en los que se abre una mayor comprensión de la interdependencia de los seres humanos.

[1] Kordon, D., Edelman, L. & Lagos, D. (1988). Operatividad de las tareas psicoasistenciales grupales en situaciones de emergencia social. En M. Bernard, O. Albizuri de García, M. J. Buchbinder, A. Pampliega de Quiroga, & E. Matoso (Dirs.) Temas grupales por autores argentinos. Tomo II (pp. 107-122). Buenos Aires: Cinco.

[2] Ceceña, E. (2020, julio). Los entramados bajo la pandemia. América Latina en movimiento, ALAI Nº 549, 1-4. Disponible en https://www.alainet.org/es/revistas/549

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